Por Ana Martín
Se llamaba Fatou y vendía pulseras, anillos y collares, “cinco duros, no venenosos”, por fuera de la tienda donde trabajaba mi madre.
Eran otros tiempos, debían serlo, porque nadie salió jamás a decirle a Fatou que se apartara, que estaba haciendo competencia desleal. Ese era su sitio desde que llegó de su Senegal natal y nadie lo cuestionaba ni lo ocupaba en su ausencia, a pesar de que estaba en una de las calles principales.
Sí, debían ser otros tiempos, porque Fatou me regalaba semanarios hechos con siete aros tintineantes, de los que colgaba un corazón, el dije más bonito que he tenido nunca, y mira que he coleccionado baratijas pasados los años.
Eran, sin duda, otros tiempos. Fatou se quedaba a mi cargo hasta que mi madre salía del trabajo y yo me sentaba a su lado, en silencio, a observar la gracia y la alegría con la que vendía, y ahora pienso que debíamos formar una curiosa pareja, la enorme mujer de ébano y la niña blanquísima y rubia con los bracitos brillando de pulseras.
Debían ser otros tiempos, porque a nadie le parecía mal que Fatou estuviera ganándose la vida ni se atrevía nadie a insultarla por su color de piel ni la llamaban ilegal ni mena, a pesar de que era una joven cuando pisó las costas de la isla.
Las chicas de la tienda le compraban collares de semillas no venenosas a cinco duros y pendientes de latón pintado. Ella siempre tenía una sonrisa en la boca.
Y yo, que tengo hoy la oportunidad de contarla, me arrepiento de no haberle preguntado más cosas sobre su tierra y sus dos vidas: la que dejó y la que encontró.
Y me entristezco de que ahora sean unos tiempos menos empáticos y solidarios.
Y pienso en que el corazón que me regaló Fatou fue el suyo.
